sábado, 27 de julio de 2013

La puerta.

Tenía miedo, mucho miedo. Ella bien sabía que los sentimientos eran un arma, de destrucción o de creación según como se los implementara. Pero en su caso los habían utilizado demasiadas veces para la destrucción. Por eso era que se mantenía alejada y muy pocas personas podían llegar a conocerla realmente. Escondía sus sentimientos en alguna cápsula cerrada dentro de alguna habitación bien cuidada porque la última vez que alguien cruzó por aquella puerta dejó en aquella habitación caos y tristeza. Un caos y una tristeza que habían tardado años en sanarse y nunca se habían curado del todo.

Y cada vez que alguien tocaba a la puerta, misteriosamente ésta se encogía y terminaba siendo tan pequeña e inalcanzable que quienquiera que hubiera llamado a la puerta se cansaba de tratar de encajar. Así la puerta se fue llenando de polvo y se volvió tan diminuta que casi nadie podía verla.

jueves, 20 de junio de 2013

Muerte

La muerte había rondado en sus sueños, una idea que la perseguía estando despierta. La había encontrado y le suplicó que le quitara la vida; al principio se negó, pero la joven fue tan insistente que no había quedado otra alternativa. Una vez que la muerte accedió, la muchacha se permitió recordar, todo aquello que dolía y lo que no. Fueron unos breves momentos, pero en este corto tiempo la muerte se había esfumado de su sueño y sus ojos se habían abierto.

Recorrió con la mirada su habitación descubriendo que todo seguía exactamente igual y una lágrima cayó de sus ojos. Fue la lágrima que desató una cascada, un mar de lágrimas. La habían decepcionado, se vio caer y caer, hundirse bajo tierra. Entonces algo sucedió, un dolor en el pecho, agudo y persistente. Su respiración se cortó y los latidos de su corazón se detuvieron. La muerte siempre cumple su palabra.

miércoles, 5 de junio de 2013

Tinta

Con una lapicera en la mano comencé a escribir sobre el papel nuestra  pequeña y triste historia de amor. Escribí por años en una hoja que parecía no tener final. Me disponía a seguir escribiendo cuando me di cuenta que ya no había más tinta.

viernes, 31 de mayo de 2013

Australia

Necesitaba escapar de tanto dolor, un lugar en donde refugiarme. Sabía a donde ir, no sabía como llegar. Todas mis esperanzas estaban depositadas en ese lugar, donde no esperaba que las cosas fueran mejores sólo dejar atrás todo lo que me lastimaba y no volver jamás. Durante meses me encontré consolándome con la idea, y eso era lo único que me mantenía en pie, por lo que lucharía hasta el último momento. Tal vez era alocado, tal vez no tenía sentido, tal vez no me serviría o no lo lograría. Ideas alocadas que habrían funcionado en alguna novela antigua cruzaban mi mente y me arrebataban de la realidad.

Ansiaba esas playas, el sol, estar sola sin conocer a nadie en un lugar desconocido. La rutina me estaba matando, la misma calle, el mismo micro, la misma gente y el mismo corazón partido. Por ahí no lograría mi objetivo yéndome y mi corazón seguiría roto indefinidamente; pero lo único que deseaba era alejarme. Siempre escapé de las cosas porque las únicas veces que quise hacerles frente se rieron en mi cara, dejándome desolada. Y ahí estaba yo, en la misma habitación soñando como tantas veces lo que sería llegar a mi sueño. Y aunque no fuera pronto, y aunque faltaran años, lo haría, tenía que intentarlo.Me iría, dejando en este pobre y triste lugar la estela de alguien cuya existencia sería olvidada por todas esas personas que significaban algo para mí. 

lunes, 27 de mayo de 2013

A cinco segundos de tocar el suelo

El aire alborotaba sus cabellos, haciendo que estos se movieran como látigos ciñéndose sobre su cara. Caía libremente, felizmente, sin preocupaciones; devorando distancia en poquitísimo tiempo. El suelo podía estar lejos o cerca, pero no le preocupaba, porque sabía que moriría así sea en el trayecto o tocando el piso. Pocos se animaban a saltar el acantilado infinito porque todos temían al final y temían también no encontrarlo. Pero ella no, sabía que todo terminaba o al menos, debía hacerlo; es por eso que creía que ella era capaz de encontrar el final del acantilado. Llevaba cayendo mucho tiempo, se sentía como si estuviera a punto de encontrar el centro de la tierra y aun así, nunca llegaba.

Entonces sucedió, un vuelco en su corazón, recordó el motivo por el que había saltado. Un final que ansiaba pero no podía dárselo ella misma, por eso saltó. Esperando olvidar, perdonar o reencontrarse a sí misma en el final. Un recuerdo enterrado a kilómetros bajo tierra fue traído a la superficie en el tiempo que cuesta chasquear los dedos. Sus lágrimas flotaron, perdiéndose en el aire. Algo dentro suyo se rompió, claro que no fue su corazón. Fue ella, entera, todo su interior estaba roto; sus creencias, sus sueños, sus esperanzas, sus miedos, se partió en dos. Se despidió de su mundo en un suspiro a cinco segundos de tocar el suelo. 

domingo, 19 de mayo de 2013

El olvido


Llevaba en mis manos nuestro último recuerdo, el más agradable, el más doloroso. Era tan frágil como sólo un recuerdo puede serlo. Lo cuidaba, lo alimentaba, trataba de hacer que crezca hasta que se convirtiera en algo real, en algo del presente. Sin embargo, no lo hacía; se volvía más inalcanzable y lejano aunque se encontraba en mi mano. Lo único que no cambiaba de ese recuerdo era el brillo y la calidez que recibía cada vez que lo miraba.
Lo llevaba conmigo a donde sea que me dirigiera, como si abandonarlo fuera lo último que haría en el mundo. Me atemorizaba tocarlo y que estallara, desapareciendo para siempre. Lo atesoraba, lo adoraba, me deleitaba con cada mirada que le echaba. Todo el cuidado y la atención que le di llevó al trágico y predecible final. Con el tiempo había perdido tamaño y cuando  lo toqué por última vez no fue necesario que se estrellara contra algo para que se rompiese. Simplemente lo hizo, desapareció. Tanto miedo había tenido a ese momento que cuando se rompió no pude sentir nada, ni siquiera un vacío.
No existía más ese recuerdo en el que tanto tiempo había invertido, lo único que quedaba de él era su brillo. Un brillo irreal que sólo existía en mi mente, un brillo que no significaba absolutamente nada, sólo era eso. Sin embargo, el paso de los años borró el brillo y ese precioso recuerdo se esfumó dejando paso a nuevos recuerdos.

sábado, 11 de mayo de 2013

Mundos


En un micro que conducía hacia algún lugar se transportaban alrededor de cuarenta mundos, todos al mismo tiempo. Y ahí estaba yo, con mi ínfimo y pequeño mundito, pensando en los mundos de los demás. Era raro pensar que en el mismo planeta, habían millones de realidades diferentes y yo contaba con tan solo una. Me preguntaba en qué pensaría la señora que llevaba al bebé en brazos. Cuál sería la historia de su vida, la del muchacho de rastas, la del hombre de cuarenta que creía que tenía veinte, la de la anciana cuyos ojos parecían cansados. Hubiera dado cualquier cosa por saber que pensaban o poder pensar como ellos, ver con sus ojos. Tratar de crear sus historias en mi mente, no era solamente complicado sino que también era frustrante y gastaba mis energías.
En fin, alrededor de cuarenta mundos se despedían de mí para volver a encontrarse o quizás no, con el pequeño y despistado mundo que era mi cabeza en ese momento.

jueves, 9 de mayo de 2013

Oscuridad


Hacía una hora desde que el sol había caído. Las calles estaban vacías y lo único que se escuchaba era el leve rumor del viento. Estaba volviendo a su casa y caminaba a ritmo constante, tiritando por el frío invernal que la rodeaba. No estaba cerca, quedaban aproximadamente veinticinco cuadras por delante y estaba ya muy cansada.
En las primeras cuadras se enfrentaba con pura valentía a una de las situaciones que más miedo le causaban, conforme avanzaba por las cuadras sus sentidos comenzaban a alterarse.  Mientras más caminaba más notaba los pasos que la seguían, sumamente silenciosos. Pretendiendo no escucharlos caminaba más rápido pero solo logró que aumentaran junto con los suyos. No se atrevía a darse la vuelta así que miró de reojo. Había alguien. Estaba tapado… ¿o no lo estaba? ¿qué había visto? Hizo lo que cualquier persona coherente haría, tratar de llegar lo más rápidamente posible a su destino. Podía imaginar millones de cosas sobre aquella persona, incluso podía imaginar que no era siquiera humano, lo cual logró ponerle los nervios a flor de piel. Se lo imaginaba sonriendo malvadamente, con ojos de gato y mirada traviesa. Era morboso. Tenía miedo.
Pensaba que quizás ese ser/humano/lo que fuere, era producto de su imaginación pero cuando sintió su respiración en la nuca supo que era completamente real. Sus músculos se tensaron como si se tratase de los de una gacela, su instinto natural le decía: huye, corre, escóndete; en definitiva, sal de ahí ya mismo. Y eso hizo, corrió con todas sus fuerzas y siguió incluso cuando le costaba respirar. El ser corría pisando sus talones, podía sentir su oscuridad, su putrefacción alzándose por encima de ella. Desesperada, buscaba con la mirada algún ser viviente pero no había nadie a esa hora. ¿Qué podía hacer? Hubiera sido mucho más fácil si tan sólo la hubiera masticado cuando estaba atrás suyo.
Llegó al punto de estar completamente exhausta y rebozando adrenalina. En un ataque de nervios giró bruscamente para enfrentar a su cazador, lo arañaría, le pegaría, pero no saldría impune. Cuando se dispuso a dar la cara frente al acosador se encontró con una calle vacía y solitaria completamente sumida en la oscuridad nocturna. 

martes, 7 de mayo de 2013

Brújula


Agarrándola de la mano hacía girar a la pobre e ingenua joven. Disfrutaba cada movimiento, cada soplo de viento que acariciaba su cara al girar. Confiando ciegamente cerraba los ojos para que así, el muchacho la guiara por donde le pareciera más oportuno.  Giraba sin cesar, entregando su mundo, sus sueños y todos sus secretos. Parecía un momento eterno casi perfecto hasta que repentinamente la mano la soltó. Asustada, abrió los ojos buscando a su guía pero el chico había desaparecido. No había rastros de él por ningún lado. Estaba perdida y ni siquiera sabía cuál era la dirección que debía tomar para llegar a un lugar seguro.
Como si tuviera una brújula dentro de sí, una brújula que funcionaba gracias al instinto, comenzó a caminar en la dirección que presentía que debía ir. Al adentrarse en el camino tan sólo unos pasos se encontró nuevamente con el mismo joven. Resentida y sin ánimos de caer nuevamente en la misma trampa, siguió su camino. Pero él le regaló una sonrisa tan radiante, tan compradora, que ella no pudo negarse cuando la tomó de la mano. Felizmente se dejó llevar por la mano del muchacho y dejó que él la hiciera girar como si nada importara. Otra vez ese sentimiento, esa paz recubierta de euforia, giraba más rápido teniendo cuidado de no tropezar en el camino.
La mano se esfumó de entre las suyas, dejando a la muchacha tan desorientada como la primera vez. Otra vez su brújula buscaba un camino, un indicio, una corazonada. Escogió otro nuevo camino y comenzó de nuevo, esta vez, dispuesta a no distraerse. Pero otra vez su brújula se veía desconcertada y despistada por la sonrisa del muchacho. Caía una y otra vez en la trampa de miradas y falsa felicidad. Lo seguiría haciendo, repetidas veces. Daría vueltas en círculos por tiempo indeterminado, llegando a donde comenzó, comenzando por donde llegó.
Pero en algún momento y quien sabe cuándo, la joven soltará su mano dejando despistada a la brújula de un infeliz chico sonriente.

martes, 30 de abril de 2013

La espera


Escondida, aguardaba a la espera. El silencio reinaba aunque, sorprendentemente, todavía no perdía mis nervios. Tenía esperanza, ¿no es acaso lo último que se pierde? Añoraba que su voz rompiera el frío silencio que me embargaba, que me llenara de alegría, de luz. Esperaba pacientemente a que me encontrara o más precisamente, esperaba que me buscara. Que todo fuera como había estado esperando, encontrarme con sus ojos y saber que todo estaría bien. Esa esperanza, era lo que me mantenía de pie, entre tanta oscuridad; la esperanza de saber que vendría.
Unos pasos recorrían el pasillo que se encontraba detrás de la puerta. Se acercaban, era él, al fin me había encontrado. ¡Se había tomado la molestia de buscarme! Mi felicidad aumentaba conforme los pasos se acercaban y ya no podía esperar a que se diera el tan ansiado encuentro. Paró un minuto antes de abrir la puerta y yo no podía estar más nerviosa. Entonces la puerta se abrió y permitió que la luz pasara. Pude verlo, más allá de que era exactamente el mismo chico que yo conocía, algo en su mirada estaba perdido. Me atravesó con su mirada como si no me encontrara allí, miró de un lado a otro, dio media vuelta y cerró la puerta.
Estupefacta, esperé a que las lágrimas acudieran a mis ojos. No fui capaz de comprenderlo hasta un tiempo después. Había estado soñando tanto tiempo con ese momento y era real, pero no era lo que yo quería. Él tan sólo me dio lo único que podía darme sin embargo no era suficiente, no para mí. De alguna manera, no supo darme lo que yo quería; la vida que solía emanar su mirada, esa que solía propagarse con facilidad y llenarlo absolutamente todo. Y solo me dio su mirada vacía. 

viernes, 26 de abril de 2013

Espero no ser la única a la que le pasa


Odiaba las personas que decían conocerme. Tal vez no era odio, tal vez la palabra correcta era envidia.  Porque jamás en mi vida supe cómo era mi personalidad, ni como es. Cada vez que creía saber exactamente cómo reaccionaría o cada vez que traté de describirme me encontré contradiciéndome una y otra vez. No sabía exactamente qué me hacía feliz, qué me gustaba hacer y más allá de que sentía todo lo que me hacía mal, no sabía ponerle nombre. Las charlas conmigo misma, las noches de serenidad y aislación en vez de aclarar mis dudas, las acomplejaba. Les brindaba un matiz extremadamente monótono, aburrido y melancólico.
Lo que me molestaba era que otras personas pudieran captar mi esencia mejor de lo que yo misma podía hacerlo, por lo tanto ¿cómo era posible que si yo no sabía quién era, alguien más sí lo sepa? Llevaba mucho tiempo conviviendo con un cuerpo con el que yo no tenía nada que ver, y que aunque respondiera a las órdenes que yo le imponía, no me pertenecía. 

martes, 23 de abril de 2013

El cometa


En algún lugar lejano, una niña sostenía entre sus manos el extremo de la tira de un cometa.  El día era espléndido y se encontraba en un extenso parque. El cometa se balanceaba en el aire moviéndose en la dirección que los pies de la niña se movían. Ella corría feliz. Trataba de hacer dar piruetas al cometa tratando de impresionar a la madre que la observaba desde debajo del árbol. Se respiraba el aroma característico de la primavera, ese aroma que llena el corazón de las personas con promesas de amor, en la estación donde las flores renacen.  Una ágil mariposa de color azul se posó sobre el brazo de la niña y ésta maravillada trató de atraparla. El hilo que la unía a la cometa resbaló de sus dedos y ésta se alzó en el aire, flotando a la deriva. La descuidada niña miró a su cometa marcharse pero eso no la entristeció, soñaba con algún día volver a encontrar su cometa atascado en una nube.

lunes, 22 de abril de 2013

El abismo


Con mis ojos cerrados caminaba a punto de caer en la nada misma, haciendo equilibrio en un fino hilo. A medida que seguía caminando el hilo se achicaba, incluso mis pies parecían más grandes. Pretendía no tener miedo a caer, entonces sería más fácil cruzar al otro lado. Trataba de mantenerme concentrada en otra cosa para que no me afectara, no quería abrir los ojos.  Fue entonces cuando un pequeño movimiento falló,  fue insignificante, tan pequeño.  Esperaba el momento en que esa persona nuevamente me tomaría por el codo manteniéndome estable, afortunadamente, no tardó en llegar. Acostumbrada, dejé que me ayudara a volver a la superficie y dejar atrás la idea de cruzar al otro lado. Pero esta vez era diferente, no tomó mi mano y me condujo devuelta al principio, simplemente esperó. En el más absoluto de los silencios, pacientemente aguardé a que decidiera llevarme.
En vez de eso, con el más suave de los susurros me dijo: abrí los ojos. Sorprendida ante esta nueva y extraña petición, dudé. Lentamente obedecí y miré hacia adelante. Escasos metros me separaban de la otra punta, de todos modos quise retroceder, volver a la tranquilidad y a la paz de lo conocido. Traté de volver atrás pero con una sonrisa me infundó un poco más de valentía, me señaló la dirección a la cual yo no quería ir. Negué con la cabeza.
-Un poquito más, ya casi llegás.
Tomé aire y con la última pizca de coraje que me quedaba crucé cuidadosamente el abismo. Observamos a la par la gran extensa  tierra firme que nos rodeaba, sabiendo que podía derrumbarse  en cualquier momento y volveríamos a nuestro débil y frágil hilo. En realidad no importaba cuantas veces la tierra desapareciera bajo nuestros pies sino que no nos dejaríamos caer.

domingo, 21 de abril de 2013

Magia


Habíamos perdido algo, esa magia, eso que nos hacía únicos. El día que temí por tanto tiempo se acercó sigilosamente hacia mí y me tomó por la espalda. Quizás el simple hecho de saber que algún día sucedería fue el motivo por el cual me sorprendió tanto. Quizás lo que me dolió fue saber que podías conseguir nuestra magia con alguien más, que yo no era necesaria, que la magia está solo en vos.  Y aunque tratemos de volver atrás con muchas palabras y pocas acciones, esa magia había volado hacia otro lugar y nunca volvería, no para nosotros.
Las silenciosas lágrimas que se entremezclaban con las gotas de la lluvia de la ducha se llevaban consigo la pequeña y escasa magia que habías dejado en mí.

sábado, 20 de abril de 2013

La caja


Sumida en sus pensamientos, atravesaba con su mirada el vidrio que separaba el micro de la calle. La melancólica melodía que se desprendía de sus auriculares la llevaba a recuerdos lejanos, sueños inconclusos. Guardaba en su interior palabras nunca dichas, sentimientos escondidos, anhelos improbables y un vacío en general. En un día feliz ella se remontaba a recuerdos que no volverían, que la habían abandonado para siempre. Como si se tratase de una caja de sonido una vez abierta, los recuerdos inundaban el aire, pero con un simple movimiento podría cerrar la caja para siempre.  Cerró los ojos y se imaginó su caja, sus recuerdos, hundiéndose en el mar, donde jamás podrían herirla otra vez. Pero tirar la caja sería como borrar parte de su pasado, un pasado que ahora lastimaba pero que una vez la hizo feliz. Sería como dejar una laguna sin recuerdos en una parte de su memoria.  ¿Cuántas veces había hundido cajas en el mar? No lo sabía, si lo había hecho, ahora era imposible recuperarlas. Y eso es a lo que temía, a querer recuperarla o a no querer hacerlo. A decidir que esos recuerdos ya no eran importantes cuando una vez sí que lo fueron.  Hacía días, semanas, meses que postergaba el abandono de la caja. Y una vez más, la cerró momentáneamente para dejarla en el lugar más alejado posible de su mente, esperando que algún día desapareciera debajo del polvillo.

miércoles, 10 de abril de 2013

Lluvia.


Esperaba a alguien y mientras tanto tenía la esperanza de que nada se le pasara por alto. Una bandada de pájaros que revoloteaban en lo alto, una hoja que atravesaba la calle al ritmo del viento a través de los autos, la risa de algún niño. El día la aprisionaba con sus nubarrones gris oscuro haciéndola sentir como si estuviera en una de esas pequeñas bolas de nieve de juguete.  El viento alborotaba el pelo que había peinado con esmero para su encuentro.  Una gran tormenta se avecinaba. Era verdad que ella había llegado más temprano de lo acordado pero el tiempo pasó y él estaba llegando media hora tarde. Comenzó a llover como si no hubiera en mañana y no tuvo más remedio que resguardarse en el techo que sobresalía de un quiosco, decidió esperar quince minutos más pero aun así, no apareció. Totalmente herida y desconsolada dio media vuelta y se fue por donde había vuelto.
Diez minutos más tarde un muchacho completamente empapado se paró en el mismo lugar donde la muchacha se había parado instantes antes. Con la respiración agitada recorrió con su mirada desesperadamente la calle. No estaba en ningún lado, ¿acaso ya se había ido? Sabía el camino a su casa así que corrió por una de las calles y en la distancia reconoció una campera azul. Con la poca energía que le quedaba corrió tras ella por tres cuadras seguidas. Cuando estuvo a su lado tomó su mano, ella se giró y sus ojos se encontraron en medio de la tempestad.

martes, 9 de abril de 2013

Aire


Era una tarde fría y nublada, donde el aire abundaba por doquier pero mis pulmones parecían recibir poco y nada de oxígeno cada vez que respiraban. Estaba esperando en la parada a que llegara su micro, entonces se iría. La sujetaba entre mis brazos,  era tan frágil, siempre había tenido miedo a lastimarla. El viento echó sus pelos a mi cara y la refugié entre el perfume de su cabello. Inundó cada recoveco de mi mente con su increíble y delicioso olor. Había sido un abrazo inseguro en un principio, no debió haberse dado cuenta que ambos anhelábamos lo mismo, pero después la sujeté con firmeza y ella finalmente suspiró. No sabía cuánto tiempo llevábamos así pero no quería que terminase nunca. Cerré los ojos.
Entonces el viento sopló un más fuerte y tiritando me abrazó un poco más, esperando conseguir calor de mi cuerpo. Mi respuesta fue un abrazo un poco más fuerte y menos reprimido de lo que me hubiera gustado que fuese. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que el cuerpo de la chica a la que estaba abrazando comenzaba a tiritar con más intensidad. Abrazarla con más fuerza no fue suficiente, mientras más fuerza hacía, más fuerte tiritaba.
Fue cuando abrí los ojos que me di cuenta de que había desaparecido y estaba abrazando a una especie de fantasma que ya no se encontraba allí.

lunes, 8 de abril de 2013

El infinito en sus ojos


Allí estaba, acostada sobre la hierba, sola. La había visto unos metros antes de llegar a ella, era tan pequeña. Parecía como si llevara en la misma posición muchas horas, quizás estaría dormida. Me acerqué haciendo el menor ruido posible.  Su cara estaba tapada por una hermosa melena enrulada color caoba, su cuerpo era el de una niña de seis años. Era muy probable que se hubiera perdido tras adentrarse en el bosque y cuando llegó a ese claro alejado se hubiera rendido. Tenía suerte de que la haya encontrado en una de mis caminatas matutinas.
Cuando me agaché, percibí como los músculos de la niña se tensaban, me había escuchado.
-No tienes nada que temer, no quiero lastimarte. ¿Estás perdida?
No respondió, permaneció quieta, a la espera de que yo decidiera alejarme. Pero yo no podía dejarla sola allí, indefensa.
-No quiero lastimarte, me llamo Olivia. Si quieres puedes venir a mi casa, te ayudaré a buscar a tus papás, lo prometo- le dije sonriendo.
-Déjame en paz- Sollozó la niña con desesperación.
-Es que no puedo dejarte sola aquí, déjame ayudarte, por favor.
La niña seguía tensa, no entendía por qué se negaba a recibir mi ayuda. Lentamente vi como levantaba su cabeza con toda su hermosa cabellera sobre su cara. No podía verle la cara, tenía puesto un vestido verde claro sin mangas que me dejó entrever su piel medio bronceada.
-Vamos, puedo ayudarte-sonreí intentando infundirle confianza. Como permaneció en esta posición por aproximadamente dos minutos decidí intentar sacarle los cabellos de la cara para poder ver a la niña. –Si tan solo…
No podía ser. Sus ojos, sus labios, sus cachetes… Tenía cara redonda, nariz mediana, labios esculpidos y unos hermosos y grandes ojos marrones que se escondían detrás de unas largas y estilizadas pestañas. Sonrió, fue una sonrisa tímida y con una terrible maldad escondida en ella. Clavó sus ojos en los míos al ver que comprendía que la conocía y sabía exactamente quién era.
Una vez dentro de su infinita mirada sabía que no había retorno, le pertenecía. Vagaría hasta la eternidad en esos ojos color marrón oscuro por siempre, reviviría mis más profundas pesadillas hasta mi último día de vida. Aterrorizada, me levanté gracias a mi mayor fuerza de voluntad pero en algún punto mis piernas fallaron. Sin dejar de mirar sus ojos sentí como todo a mi alrededor se tornaba borroso y perdía sentido. 

Un recuerdo


Un recuerdo de alguien a quien no conocía surgía en mi cabeza, yo no la reconocía. Su cabello rozaba sus hombros, tenía pelo castaño con algunos reflejos dorados. Sus ojos color ámbar reflejaban su amplia sonrisa. Tenía pestañas largas y labios de tamaño promedio. Sonreía como si tuviera la intención de iluminar una habitación de cuarenta metros de ancho por cuarenta metros de largo. Incluso mientras la recordaba, no pude reprimir la sonrisa que se dibujó en mis labios. En mi recuerdo, ella se movía nerviosamente, como si sintiera miedo y felicidad al mismo tiempo.
Yo, sentada en la oscuridad de mi habitación con todas las ventanas y la puerta cerrada estaba recordando a aquella muchacha que no conocía. Aquella muchacha cuya sonrisa no hubiera combinado con la soledad de mi cuarto, quise imitarla, sentir lo que ella sentía pero no pude. Hacía días, semanas, quizás meses que no abandonaba la tranquilidad de ese dormitorio.  Nada importaba, sólo la sonrisa de aquella joven. Busqué en los lugares más recónditos de mi mente intentando comprender quien era, tanto lo intenté que las lágrimas afloraron de mis ojos impidiéndome ver en la oscuridad en la que me había ensimismado.
No sabía quién era pero aun así su imagen, su sonrisa seguía repitiéndose constantemente en mi cabeza. Ni siquiera tenía un recuerdo que llegara más allá de esa simple imagen, una muchacha sonriendo y moviéndose nerviosamente mientras me miraba. ¿Quién era? ¿Una prima lejana que tal vez con el paso del tiempo olvidé? ¿Mi hermana? ¿Tenía hermana? Había pasado tanto tiempo sola que todas las demás personas parecían un recuerdo del pasado, muy lejano. Estaba muriendo de hambre, no recordaba cuando había sido la última vez que había probado bocado. Tal vez ya estuviera por alcanzar mi cometido, quizás ya me iría y entonces no tendría que preocuparme por esa chica. La chica feliz de mi recuerdo.
Los días pasaban, lentos o veloces, en realidad no lo sabía, había perdido la noción del tiempo. No sabía si era de noche o de día, y ya poco importaba. Era ella la que me retenía, de alguna manera me obligaba a permanecer con vida. Mi empeñé en descubrir su identidad ya que siguiendo toda lógica, una vez que la reconociera podría irme en paz.
La respuesta vino días después, antes de marcharme, cuando ya era tarde. Y era tan simple como el reflejo de un espejo.

viernes, 29 de marzo de 2013

Estaba sentada en el parque grande de mi casa, era un día soleado de esos en los que nada podía salir mal. Estaba leyendo. Termino de leer la última línea del capítulo. Miro a mi alrededor, ¿qué estaba mal? El viento soplaba, tenía un vacío en el estómago, no, en el pecho. Estuve todo el día tratando de convencerme de que no necesito a nadie más que a mi misma. Luché por que fuera verdad, dibujé múltiples sonrisas en mi cara y me esforcé porque fueran lo más reales posibles. No lo eran. Algo se escapaba a mi vista y no sabía que era. Dejé a un lado el libro esperando acomodar un poco mis pensamientos. Toda la tarde estaba esperando algo, sentir que estabas pensando en mí pero esta vez no lo sentí. Eso era mi hueco.
Me recosté en el pasto, me estiré tratando de encontrar eso que me faltaba y meterlo adentro mío. Me estiré hasta que supe que no había nada más que hacer. Suspiré, miré al cielo.