martes, 30 de abril de 2013

La espera


Escondida, aguardaba a la espera. El silencio reinaba aunque, sorprendentemente, todavía no perdía mis nervios. Tenía esperanza, ¿no es acaso lo último que se pierde? Añoraba que su voz rompiera el frío silencio que me embargaba, que me llenara de alegría, de luz. Esperaba pacientemente a que me encontrara o más precisamente, esperaba que me buscara. Que todo fuera como había estado esperando, encontrarme con sus ojos y saber que todo estaría bien. Esa esperanza, era lo que me mantenía de pie, entre tanta oscuridad; la esperanza de saber que vendría.
Unos pasos recorrían el pasillo que se encontraba detrás de la puerta. Se acercaban, era él, al fin me había encontrado. ¡Se había tomado la molestia de buscarme! Mi felicidad aumentaba conforme los pasos se acercaban y ya no podía esperar a que se diera el tan ansiado encuentro. Paró un minuto antes de abrir la puerta y yo no podía estar más nerviosa. Entonces la puerta se abrió y permitió que la luz pasara. Pude verlo, más allá de que era exactamente el mismo chico que yo conocía, algo en su mirada estaba perdido. Me atravesó con su mirada como si no me encontrara allí, miró de un lado a otro, dio media vuelta y cerró la puerta.
Estupefacta, esperé a que las lágrimas acudieran a mis ojos. No fui capaz de comprenderlo hasta un tiempo después. Había estado soñando tanto tiempo con ese momento y era real, pero no era lo que yo quería. Él tan sólo me dio lo único que podía darme sin embargo no era suficiente, no para mí. De alguna manera, no supo darme lo que yo quería; la vida que solía emanar su mirada, esa que solía propagarse con facilidad y llenarlo absolutamente todo. Y solo me dio su mirada vacía. 

viernes, 26 de abril de 2013

Espero no ser la única a la que le pasa


Odiaba las personas que decían conocerme. Tal vez no era odio, tal vez la palabra correcta era envidia.  Porque jamás en mi vida supe cómo era mi personalidad, ni como es. Cada vez que creía saber exactamente cómo reaccionaría o cada vez que traté de describirme me encontré contradiciéndome una y otra vez. No sabía exactamente qué me hacía feliz, qué me gustaba hacer y más allá de que sentía todo lo que me hacía mal, no sabía ponerle nombre. Las charlas conmigo misma, las noches de serenidad y aislación en vez de aclarar mis dudas, las acomplejaba. Les brindaba un matiz extremadamente monótono, aburrido y melancólico.
Lo que me molestaba era que otras personas pudieran captar mi esencia mejor de lo que yo misma podía hacerlo, por lo tanto ¿cómo era posible que si yo no sabía quién era, alguien más sí lo sepa? Llevaba mucho tiempo conviviendo con un cuerpo con el que yo no tenía nada que ver, y que aunque respondiera a las órdenes que yo le imponía, no me pertenecía. 

martes, 23 de abril de 2013

El cometa


En algún lugar lejano, una niña sostenía entre sus manos el extremo de la tira de un cometa.  El día era espléndido y se encontraba en un extenso parque. El cometa se balanceaba en el aire moviéndose en la dirección que los pies de la niña se movían. Ella corría feliz. Trataba de hacer dar piruetas al cometa tratando de impresionar a la madre que la observaba desde debajo del árbol. Se respiraba el aroma característico de la primavera, ese aroma que llena el corazón de las personas con promesas de amor, en la estación donde las flores renacen.  Una ágil mariposa de color azul se posó sobre el brazo de la niña y ésta maravillada trató de atraparla. El hilo que la unía a la cometa resbaló de sus dedos y ésta se alzó en el aire, flotando a la deriva. La descuidada niña miró a su cometa marcharse pero eso no la entristeció, soñaba con algún día volver a encontrar su cometa atascado en una nube.

lunes, 22 de abril de 2013

El abismo


Con mis ojos cerrados caminaba a punto de caer en la nada misma, haciendo equilibrio en un fino hilo. A medida que seguía caminando el hilo se achicaba, incluso mis pies parecían más grandes. Pretendía no tener miedo a caer, entonces sería más fácil cruzar al otro lado. Trataba de mantenerme concentrada en otra cosa para que no me afectara, no quería abrir los ojos.  Fue entonces cuando un pequeño movimiento falló,  fue insignificante, tan pequeño.  Esperaba el momento en que esa persona nuevamente me tomaría por el codo manteniéndome estable, afortunadamente, no tardó en llegar. Acostumbrada, dejé que me ayudara a volver a la superficie y dejar atrás la idea de cruzar al otro lado. Pero esta vez era diferente, no tomó mi mano y me condujo devuelta al principio, simplemente esperó. En el más absoluto de los silencios, pacientemente aguardé a que decidiera llevarme.
En vez de eso, con el más suave de los susurros me dijo: abrí los ojos. Sorprendida ante esta nueva y extraña petición, dudé. Lentamente obedecí y miré hacia adelante. Escasos metros me separaban de la otra punta, de todos modos quise retroceder, volver a la tranquilidad y a la paz de lo conocido. Traté de volver atrás pero con una sonrisa me infundó un poco más de valentía, me señaló la dirección a la cual yo no quería ir. Negué con la cabeza.
-Un poquito más, ya casi llegás.
Tomé aire y con la última pizca de coraje que me quedaba crucé cuidadosamente el abismo. Observamos a la par la gran extensa  tierra firme que nos rodeaba, sabiendo que podía derrumbarse  en cualquier momento y volveríamos a nuestro débil y frágil hilo. En realidad no importaba cuantas veces la tierra desapareciera bajo nuestros pies sino que no nos dejaríamos caer.

domingo, 21 de abril de 2013

Magia


Habíamos perdido algo, esa magia, eso que nos hacía únicos. El día que temí por tanto tiempo se acercó sigilosamente hacia mí y me tomó por la espalda. Quizás el simple hecho de saber que algún día sucedería fue el motivo por el cual me sorprendió tanto. Quizás lo que me dolió fue saber que podías conseguir nuestra magia con alguien más, que yo no era necesaria, que la magia está solo en vos.  Y aunque tratemos de volver atrás con muchas palabras y pocas acciones, esa magia había volado hacia otro lugar y nunca volvería, no para nosotros.
Las silenciosas lágrimas que se entremezclaban con las gotas de la lluvia de la ducha se llevaban consigo la pequeña y escasa magia que habías dejado en mí.

sábado, 20 de abril de 2013

La caja


Sumida en sus pensamientos, atravesaba con su mirada el vidrio que separaba el micro de la calle. La melancólica melodía que se desprendía de sus auriculares la llevaba a recuerdos lejanos, sueños inconclusos. Guardaba en su interior palabras nunca dichas, sentimientos escondidos, anhelos improbables y un vacío en general. En un día feliz ella se remontaba a recuerdos que no volverían, que la habían abandonado para siempre. Como si se tratase de una caja de sonido una vez abierta, los recuerdos inundaban el aire, pero con un simple movimiento podría cerrar la caja para siempre.  Cerró los ojos y se imaginó su caja, sus recuerdos, hundiéndose en el mar, donde jamás podrían herirla otra vez. Pero tirar la caja sería como borrar parte de su pasado, un pasado que ahora lastimaba pero que una vez la hizo feliz. Sería como dejar una laguna sin recuerdos en una parte de su memoria.  ¿Cuántas veces había hundido cajas en el mar? No lo sabía, si lo había hecho, ahora era imposible recuperarlas. Y eso es a lo que temía, a querer recuperarla o a no querer hacerlo. A decidir que esos recuerdos ya no eran importantes cuando una vez sí que lo fueron.  Hacía días, semanas, meses que postergaba el abandono de la caja. Y una vez más, la cerró momentáneamente para dejarla en el lugar más alejado posible de su mente, esperando que algún día desapareciera debajo del polvillo.

miércoles, 10 de abril de 2013

Lluvia.


Esperaba a alguien y mientras tanto tenía la esperanza de que nada se le pasara por alto. Una bandada de pájaros que revoloteaban en lo alto, una hoja que atravesaba la calle al ritmo del viento a través de los autos, la risa de algún niño. El día la aprisionaba con sus nubarrones gris oscuro haciéndola sentir como si estuviera en una de esas pequeñas bolas de nieve de juguete.  El viento alborotaba el pelo que había peinado con esmero para su encuentro.  Una gran tormenta se avecinaba. Era verdad que ella había llegado más temprano de lo acordado pero el tiempo pasó y él estaba llegando media hora tarde. Comenzó a llover como si no hubiera en mañana y no tuvo más remedio que resguardarse en el techo que sobresalía de un quiosco, decidió esperar quince minutos más pero aun así, no apareció. Totalmente herida y desconsolada dio media vuelta y se fue por donde había vuelto.
Diez minutos más tarde un muchacho completamente empapado se paró en el mismo lugar donde la muchacha se había parado instantes antes. Con la respiración agitada recorrió con su mirada desesperadamente la calle. No estaba en ningún lado, ¿acaso ya se había ido? Sabía el camino a su casa así que corrió por una de las calles y en la distancia reconoció una campera azul. Con la poca energía que le quedaba corrió tras ella por tres cuadras seguidas. Cuando estuvo a su lado tomó su mano, ella se giró y sus ojos se encontraron en medio de la tempestad.

martes, 9 de abril de 2013

Aire


Era una tarde fría y nublada, donde el aire abundaba por doquier pero mis pulmones parecían recibir poco y nada de oxígeno cada vez que respiraban. Estaba esperando en la parada a que llegara su micro, entonces se iría. La sujetaba entre mis brazos,  era tan frágil, siempre había tenido miedo a lastimarla. El viento echó sus pelos a mi cara y la refugié entre el perfume de su cabello. Inundó cada recoveco de mi mente con su increíble y delicioso olor. Había sido un abrazo inseguro en un principio, no debió haberse dado cuenta que ambos anhelábamos lo mismo, pero después la sujeté con firmeza y ella finalmente suspiró. No sabía cuánto tiempo llevábamos así pero no quería que terminase nunca. Cerré los ojos.
Entonces el viento sopló un más fuerte y tiritando me abrazó un poco más, esperando conseguir calor de mi cuerpo. Mi respuesta fue un abrazo un poco más fuerte y menos reprimido de lo que me hubiera gustado que fuese. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que el cuerpo de la chica a la que estaba abrazando comenzaba a tiritar con más intensidad. Abrazarla con más fuerza no fue suficiente, mientras más fuerza hacía, más fuerte tiritaba.
Fue cuando abrí los ojos que me di cuenta de que había desaparecido y estaba abrazando a una especie de fantasma que ya no se encontraba allí.

lunes, 8 de abril de 2013

El infinito en sus ojos


Allí estaba, acostada sobre la hierba, sola. La había visto unos metros antes de llegar a ella, era tan pequeña. Parecía como si llevara en la misma posición muchas horas, quizás estaría dormida. Me acerqué haciendo el menor ruido posible.  Su cara estaba tapada por una hermosa melena enrulada color caoba, su cuerpo era el de una niña de seis años. Era muy probable que se hubiera perdido tras adentrarse en el bosque y cuando llegó a ese claro alejado se hubiera rendido. Tenía suerte de que la haya encontrado en una de mis caminatas matutinas.
Cuando me agaché, percibí como los músculos de la niña se tensaban, me había escuchado.
-No tienes nada que temer, no quiero lastimarte. ¿Estás perdida?
No respondió, permaneció quieta, a la espera de que yo decidiera alejarme. Pero yo no podía dejarla sola allí, indefensa.
-No quiero lastimarte, me llamo Olivia. Si quieres puedes venir a mi casa, te ayudaré a buscar a tus papás, lo prometo- le dije sonriendo.
-Déjame en paz- Sollozó la niña con desesperación.
-Es que no puedo dejarte sola aquí, déjame ayudarte, por favor.
La niña seguía tensa, no entendía por qué se negaba a recibir mi ayuda. Lentamente vi como levantaba su cabeza con toda su hermosa cabellera sobre su cara. No podía verle la cara, tenía puesto un vestido verde claro sin mangas que me dejó entrever su piel medio bronceada.
-Vamos, puedo ayudarte-sonreí intentando infundirle confianza. Como permaneció en esta posición por aproximadamente dos minutos decidí intentar sacarle los cabellos de la cara para poder ver a la niña. –Si tan solo…
No podía ser. Sus ojos, sus labios, sus cachetes… Tenía cara redonda, nariz mediana, labios esculpidos y unos hermosos y grandes ojos marrones que se escondían detrás de unas largas y estilizadas pestañas. Sonrió, fue una sonrisa tímida y con una terrible maldad escondida en ella. Clavó sus ojos en los míos al ver que comprendía que la conocía y sabía exactamente quién era.
Una vez dentro de su infinita mirada sabía que no había retorno, le pertenecía. Vagaría hasta la eternidad en esos ojos color marrón oscuro por siempre, reviviría mis más profundas pesadillas hasta mi último día de vida. Aterrorizada, me levanté gracias a mi mayor fuerza de voluntad pero en algún punto mis piernas fallaron. Sin dejar de mirar sus ojos sentí como todo a mi alrededor se tornaba borroso y perdía sentido. 

Un recuerdo


Un recuerdo de alguien a quien no conocía surgía en mi cabeza, yo no la reconocía. Su cabello rozaba sus hombros, tenía pelo castaño con algunos reflejos dorados. Sus ojos color ámbar reflejaban su amplia sonrisa. Tenía pestañas largas y labios de tamaño promedio. Sonreía como si tuviera la intención de iluminar una habitación de cuarenta metros de ancho por cuarenta metros de largo. Incluso mientras la recordaba, no pude reprimir la sonrisa que se dibujó en mis labios. En mi recuerdo, ella se movía nerviosamente, como si sintiera miedo y felicidad al mismo tiempo.
Yo, sentada en la oscuridad de mi habitación con todas las ventanas y la puerta cerrada estaba recordando a aquella muchacha que no conocía. Aquella muchacha cuya sonrisa no hubiera combinado con la soledad de mi cuarto, quise imitarla, sentir lo que ella sentía pero no pude. Hacía días, semanas, quizás meses que no abandonaba la tranquilidad de ese dormitorio.  Nada importaba, sólo la sonrisa de aquella joven. Busqué en los lugares más recónditos de mi mente intentando comprender quien era, tanto lo intenté que las lágrimas afloraron de mis ojos impidiéndome ver en la oscuridad en la que me había ensimismado.
No sabía quién era pero aun así su imagen, su sonrisa seguía repitiéndose constantemente en mi cabeza. Ni siquiera tenía un recuerdo que llegara más allá de esa simple imagen, una muchacha sonriendo y moviéndose nerviosamente mientras me miraba. ¿Quién era? ¿Una prima lejana que tal vez con el paso del tiempo olvidé? ¿Mi hermana? ¿Tenía hermana? Había pasado tanto tiempo sola que todas las demás personas parecían un recuerdo del pasado, muy lejano. Estaba muriendo de hambre, no recordaba cuando había sido la última vez que había probado bocado. Tal vez ya estuviera por alcanzar mi cometido, quizás ya me iría y entonces no tendría que preocuparme por esa chica. La chica feliz de mi recuerdo.
Los días pasaban, lentos o veloces, en realidad no lo sabía, había perdido la noción del tiempo. No sabía si era de noche o de día, y ya poco importaba. Era ella la que me retenía, de alguna manera me obligaba a permanecer con vida. Mi empeñé en descubrir su identidad ya que siguiendo toda lógica, una vez que la reconociera podría irme en paz.
La respuesta vino días después, antes de marcharme, cuando ya era tarde. Y era tan simple como el reflejo de un espejo.