viernes, 26 de abril de 2013

Espero no ser la única a la que le pasa


Odiaba las personas que decían conocerme. Tal vez no era odio, tal vez la palabra correcta era envidia.  Porque jamás en mi vida supe cómo era mi personalidad, ni como es. Cada vez que creía saber exactamente cómo reaccionaría o cada vez que traté de describirme me encontré contradiciéndome una y otra vez. No sabía exactamente qué me hacía feliz, qué me gustaba hacer y más allá de que sentía todo lo que me hacía mal, no sabía ponerle nombre. Las charlas conmigo misma, las noches de serenidad y aislación en vez de aclarar mis dudas, las acomplejaba. Les brindaba un matiz extremadamente monótono, aburrido y melancólico.
Lo que me molestaba era que otras personas pudieran captar mi esencia mejor de lo que yo misma podía hacerlo, por lo tanto ¿cómo era posible que si yo no sabía quién era, alguien más sí lo sepa? Llevaba mucho tiempo conviviendo con un cuerpo con el que yo no tenía nada que ver, y que aunque respondiera a las órdenes que yo le imponía, no me pertenecía. 

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