Odiaba las personas que decían conocerme. Tal vez no era
odio, tal vez la palabra correcta era envidia.
Porque jamás en mi vida supe cómo era mi personalidad, ni como es. Cada
vez que creía saber exactamente cómo reaccionaría o cada vez que traté de
describirme me encontré contradiciéndome una y otra vez. No sabía exactamente
qué me hacía feliz, qué me gustaba hacer y más allá de que sentía todo lo que
me hacía mal, no sabía ponerle nombre. Las charlas conmigo misma, las noches de
serenidad y aislación en vez de aclarar mis dudas, las acomplejaba. Les
brindaba un matiz extremadamente monótono, aburrido y melancólico.
Lo que me molestaba era que otras personas pudieran captar
mi esencia mejor de lo que yo misma podía hacerlo, por lo tanto ¿cómo era
posible que si yo no sabía quién era, alguien más sí lo sepa? Llevaba mucho
tiempo conviviendo con un cuerpo con el que yo no tenía nada que ver, y que
aunque respondiera a las órdenes que yo le imponía, no me pertenecía.
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