lunes, 8 de abril de 2013

Un recuerdo


Un recuerdo de alguien a quien no conocía surgía en mi cabeza, yo no la reconocía. Su cabello rozaba sus hombros, tenía pelo castaño con algunos reflejos dorados. Sus ojos color ámbar reflejaban su amplia sonrisa. Tenía pestañas largas y labios de tamaño promedio. Sonreía como si tuviera la intención de iluminar una habitación de cuarenta metros de ancho por cuarenta metros de largo. Incluso mientras la recordaba, no pude reprimir la sonrisa que se dibujó en mis labios. En mi recuerdo, ella se movía nerviosamente, como si sintiera miedo y felicidad al mismo tiempo.
Yo, sentada en la oscuridad de mi habitación con todas las ventanas y la puerta cerrada estaba recordando a aquella muchacha que no conocía. Aquella muchacha cuya sonrisa no hubiera combinado con la soledad de mi cuarto, quise imitarla, sentir lo que ella sentía pero no pude. Hacía días, semanas, quizás meses que no abandonaba la tranquilidad de ese dormitorio.  Nada importaba, sólo la sonrisa de aquella joven. Busqué en los lugares más recónditos de mi mente intentando comprender quien era, tanto lo intenté que las lágrimas afloraron de mis ojos impidiéndome ver en la oscuridad en la que me había ensimismado.
No sabía quién era pero aun así su imagen, su sonrisa seguía repitiéndose constantemente en mi cabeza. Ni siquiera tenía un recuerdo que llegara más allá de esa simple imagen, una muchacha sonriendo y moviéndose nerviosamente mientras me miraba. ¿Quién era? ¿Una prima lejana que tal vez con el paso del tiempo olvidé? ¿Mi hermana? ¿Tenía hermana? Había pasado tanto tiempo sola que todas las demás personas parecían un recuerdo del pasado, muy lejano. Estaba muriendo de hambre, no recordaba cuando había sido la última vez que había probado bocado. Tal vez ya estuviera por alcanzar mi cometido, quizás ya me iría y entonces no tendría que preocuparme por esa chica. La chica feliz de mi recuerdo.
Los días pasaban, lentos o veloces, en realidad no lo sabía, había perdido la noción del tiempo. No sabía si era de noche o de día, y ya poco importaba. Era ella la que me retenía, de alguna manera me obligaba a permanecer con vida. Mi empeñé en descubrir su identidad ya que siguiendo toda lógica, una vez que la reconociera podría irme en paz.
La respuesta vino días después, antes de marcharme, cuando ya era tarde. Y era tan simple como el reflejo de un espejo.

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