Un recuerdo de alguien a quien no conocía surgía en mi
cabeza, yo no la reconocía. Su cabello rozaba sus hombros, tenía pelo castaño
con algunos reflejos dorados. Sus ojos color ámbar reflejaban su amplia
sonrisa. Tenía pestañas largas y labios de tamaño promedio. Sonreía como si
tuviera la intención de iluminar una habitación de cuarenta metros de ancho por
cuarenta metros de largo. Incluso mientras la recordaba, no pude reprimir la sonrisa
que se dibujó en mis labios. En mi recuerdo, ella se movía nerviosamente, como
si sintiera miedo y felicidad al mismo tiempo.
Yo, sentada en la oscuridad de mi habitación con todas las
ventanas y la puerta cerrada estaba recordando a aquella muchacha que no
conocía. Aquella muchacha cuya sonrisa no hubiera combinado con la soledad de
mi cuarto, quise imitarla, sentir lo que ella sentía pero no pude. Hacía días,
semanas, quizás meses que no abandonaba la tranquilidad de ese dormitorio. Nada importaba, sólo la sonrisa de aquella
joven. Busqué en los lugares más recónditos de mi mente intentando comprender
quien era, tanto lo intenté que las lágrimas afloraron de mis ojos impidiéndome
ver en la oscuridad en la que me había ensimismado.
No sabía quién era pero aun así su imagen, su sonrisa seguía
repitiéndose constantemente en mi cabeza. Ni siquiera tenía un recuerdo que
llegara más allá de esa simple imagen, una muchacha sonriendo y moviéndose
nerviosamente mientras me miraba. ¿Quién era? ¿Una prima lejana que tal vez con
el paso del tiempo olvidé? ¿Mi hermana? ¿Tenía hermana? Había pasado tanto
tiempo sola que todas las demás personas parecían un recuerdo del pasado, muy
lejano. Estaba muriendo de hambre, no recordaba cuando había sido la última vez
que había probado bocado. Tal vez ya estuviera por alcanzar mi cometido, quizás
ya me iría y entonces no tendría que preocuparme por esa chica. La chica feliz
de mi recuerdo.
Los días pasaban, lentos o veloces, en realidad no lo sabía,
había perdido la noción del tiempo. No sabía si era de noche o de día, y ya
poco importaba. Era ella la que me retenía, de alguna manera me obligaba a
permanecer con vida. Mi empeñé en descubrir su identidad ya que siguiendo toda
lógica, una vez que la reconociera podría irme en paz.
La respuesta vino días después, antes de marcharme, cuando
ya era tarde. Y era tan simple como el reflejo de un espejo.
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