sábado, 27 de julio de 2013

La puerta.

Tenía miedo, mucho miedo. Ella bien sabía que los sentimientos eran un arma, de destrucción o de creación según como se los implementara. Pero en su caso los habían utilizado demasiadas veces para la destrucción. Por eso era que se mantenía alejada y muy pocas personas podían llegar a conocerla realmente. Escondía sus sentimientos en alguna cápsula cerrada dentro de alguna habitación bien cuidada porque la última vez que alguien cruzó por aquella puerta dejó en aquella habitación caos y tristeza. Un caos y una tristeza que habían tardado años en sanarse y nunca se habían curado del todo.

Y cada vez que alguien tocaba a la puerta, misteriosamente ésta se encogía y terminaba siendo tan pequeña e inalcanzable que quienquiera que hubiera llamado a la puerta se cansaba de tratar de encajar. Así la puerta se fue llenando de polvo y se volvió tan diminuta que casi nadie podía verla.