Tenía miedo, mucho miedo. Ella bien sabía que los
sentimientos eran un arma, de destrucción o de creación según como se los
implementara. Pero en su caso los habían utilizado demasiadas veces para la destrucción.
Por eso era que se mantenía alejada y muy pocas personas podían llegar a
conocerla realmente. Escondía sus sentimientos en alguna cápsula cerrada dentro
de alguna habitación bien cuidada porque la última vez que alguien cruzó por
aquella puerta dejó en aquella habitación caos y tristeza. Un caos y una
tristeza que habían tardado años en sanarse y nunca se habían curado del todo.
Y cada vez que alguien tocaba a la puerta, misteriosamente
ésta se encogía y terminaba siendo tan pequeña e inalcanzable que quienquiera
que hubiera llamado a la puerta se cansaba de tratar de encajar. Así la puerta se
fue llenando de polvo y se volvió tan diminuta que casi nadie podía verla.
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