Con mis ojos cerrados caminaba a punto de caer en la nada
misma, haciendo equilibrio en un fino hilo. A medida que seguía caminando el
hilo se achicaba, incluso mis pies parecían más grandes. Pretendía no tener
miedo a caer, entonces sería más fácil cruzar al otro lado. Trataba de
mantenerme concentrada en otra cosa para que no me afectara, no quería abrir
los ojos. Fue entonces cuando un pequeño
movimiento falló, fue insignificante,
tan pequeño. Esperaba el momento en que
esa persona nuevamente me tomaría por el codo manteniéndome estable,
afortunadamente, no tardó en llegar. Acostumbrada, dejé que me ayudara a volver
a la superficie y dejar atrás la idea de cruzar al otro lado. Pero esta vez era
diferente, no tomó mi mano y me condujo devuelta al principio, simplemente
esperó. En el más absoluto de los silencios, pacientemente aguardé a que
decidiera llevarme.
En vez de eso, con el más suave de los susurros me dijo:
abrí los ojos. Sorprendida ante esta nueva y extraña petición, dudé. Lentamente
obedecí y miré hacia adelante. Escasos metros me separaban de la otra punta, de
todos modos quise retroceder, volver a la tranquilidad y a la paz de lo
conocido. Traté de volver atrás pero con una sonrisa me infundó un poco más de
valentía, me señaló la dirección a la cual yo no quería ir. Negué con la
cabeza.
-Un poquito más, ya casi llegás.
Tomé aire y con la última pizca de coraje que me quedaba
crucé cuidadosamente el abismo. Observamos a la par la gran extensa tierra firme que nos rodeaba, sabiendo que
podía derrumbarse en cualquier momento y
volveríamos a nuestro débil y frágil hilo. En realidad no importaba cuantas
veces la tierra desapareciera bajo nuestros pies sino que no nos dejaríamos
caer.
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