lunes, 22 de abril de 2013

El abismo


Con mis ojos cerrados caminaba a punto de caer en la nada misma, haciendo equilibrio en un fino hilo. A medida que seguía caminando el hilo se achicaba, incluso mis pies parecían más grandes. Pretendía no tener miedo a caer, entonces sería más fácil cruzar al otro lado. Trataba de mantenerme concentrada en otra cosa para que no me afectara, no quería abrir los ojos.  Fue entonces cuando un pequeño movimiento falló,  fue insignificante, tan pequeño.  Esperaba el momento en que esa persona nuevamente me tomaría por el codo manteniéndome estable, afortunadamente, no tardó en llegar. Acostumbrada, dejé que me ayudara a volver a la superficie y dejar atrás la idea de cruzar al otro lado. Pero esta vez era diferente, no tomó mi mano y me condujo devuelta al principio, simplemente esperó. En el más absoluto de los silencios, pacientemente aguardé a que decidiera llevarme.
En vez de eso, con el más suave de los susurros me dijo: abrí los ojos. Sorprendida ante esta nueva y extraña petición, dudé. Lentamente obedecí y miré hacia adelante. Escasos metros me separaban de la otra punta, de todos modos quise retroceder, volver a la tranquilidad y a la paz de lo conocido. Traté de volver atrás pero con una sonrisa me infundó un poco más de valentía, me señaló la dirección a la cual yo no quería ir. Negué con la cabeza.
-Un poquito más, ya casi llegás.
Tomé aire y con la última pizca de coraje que me quedaba crucé cuidadosamente el abismo. Observamos a la par la gran extensa  tierra firme que nos rodeaba, sabiendo que podía derrumbarse  en cualquier momento y volveríamos a nuestro débil y frágil hilo. En realidad no importaba cuantas veces la tierra desapareciera bajo nuestros pies sino que no nos dejaríamos caer.

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