Escondida, aguardaba a la espera. El silencio reinaba
aunque, sorprendentemente, todavía no perdía mis nervios. Tenía esperanza, ¿no
es acaso lo último que se pierde? Añoraba que su voz rompiera el frío silencio
que me embargaba, que me llenara de alegría, de luz. Esperaba pacientemente a
que me encontrara o más precisamente, esperaba que me buscara. Que todo fuera
como había estado esperando, encontrarme con sus ojos y saber que todo estaría
bien. Esa esperanza, era lo que me mantenía de pie, entre tanta oscuridad; la
esperanza de saber que vendría.
Unos pasos recorrían el pasillo que se encontraba detrás de
la puerta. Se acercaban, era él, al fin me había encontrado. ¡Se había tomado
la molestia de buscarme! Mi felicidad aumentaba conforme los pasos se acercaban
y ya no podía esperar a que se diera el tan ansiado encuentro. Paró un minuto
antes de abrir la puerta y yo no podía estar más nerviosa. Entonces la puerta
se abrió y permitió que la luz pasara. Pude verlo, más allá de que era
exactamente el mismo chico que yo conocía, algo en su mirada estaba perdido. Me
atravesó con su mirada como si no me encontrara allí, miró de un lado a otro, dio
media vuelta y cerró la puerta.
Estupefacta, esperé a que las lágrimas acudieran a mis ojos.
No fui capaz de comprenderlo hasta un tiempo después. Había estado soñando tanto
tiempo con ese momento y era real, pero no era lo que yo quería. Él tan sólo me
dio lo único que podía darme sin embargo no era suficiente, no para mí. De
alguna manera, no supo darme lo que yo quería; la vida que solía emanar su
mirada, esa que solía propagarse con facilidad y llenarlo absolutamente todo. Y
solo me dio su mirada vacía.
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