Sumida en sus pensamientos, atravesaba con su mirada el
vidrio que separaba el micro de la calle. La melancólica melodía que se
desprendía de sus auriculares la llevaba a recuerdos lejanos, sueños
inconclusos. Guardaba en su interior palabras nunca dichas, sentimientos
escondidos, anhelos improbables y un vacío en general. En un día feliz ella se
remontaba a recuerdos que no volverían, que la habían abandonado para siempre.
Como si se tratase de una caja de sonido una vez abierta, los recuerdos
inundaban el aire, pero con un simple movimiento podría cerrar la caja para
siempre. Cerró los ojos y se imaginó su
caja, sus recuerdos, hundiéndose en el mar, donde jamás podrían herirla otra
vez. Pero tirar la caja sería como borrar parte de su pasado, un pasado que
ahora lastimaba pero que una vez la hizo feliz. Sería como dejar una laguna sin
recuerdos en una parte de su memoria.
¿Cuántas veces había hundido cajas en el mar? No lo sabía, si lo había
hecho, ahora era imposible recuperarlas. Y eso es a lo que temía, a querer
recuperarla o a no querer hacerlo. A decidir que esos recuerdos ya no eran
importantes cuando una vez sí que lo fueron.
Hacía días, semanas, meses que postergaba el abandono de la caja. Y una
vez más, la cerró momentáneamente para dejarla en el lugar más alejado posible
de su mente, esperando que algún día desapareciera debajo del polvillo.
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