Era una tarde fría y nublada, donde el aire abundaba por
doquier pero mis pulmones parecían recibir poco y nada de oxígeno cada vez que
respiraban. Estaba esperando en la parada a que llegara su micro, entonces se
iría. La sujetaba entre mis brazos, era
tan frágil, siempre había tenido miedo a lastimarla. El viento echó sus pelos a
mi cara y la refugié entre el perfume de su cabello. Inundó cada recoveco de mi
mente con su increíble y delicioso olor. Había sido un abrazo inseguro en un
principio, no debió haberse dado cuenta que ambos anhelábamos lo mismo, pero
después la sujeté con firmeza y ella finalmente suspiró. No sabía cuánto tiempo
llevábamos así pero no quería que terminase nunca. Cerré los ojos.
Entonces el viento sopló un más fuerte y tiritando me abrazó
un poco más, esperando conseguir calor de mi cuerpo. Mi respuesta fue un abrazo
un poco más fuerte y menos reprimido de lo que me hubiera gustado que fuese.
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que el cuerpo de la chica a la que
estaba abrazando comenzaba a tiritar con más intensidad. Abrazarla con más
fuerza no fue suficiente, mientras más fuerza hacía, más fuerte tiritaba.
Fue cuando abrí los ojos que me di cuenta de que había
desaparecido y estaba abrazando a una especie de fantasma que ya no se encontraba
allí.
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