lunes, 8 de abril de 2013

El infinito en sus ojos


Allí estaba, acostada sobre la hierba, sola. La había visto unos metros antes de llegar a ella, era tan pequeña. Parecía como si llevara en la misma posición muchas horas, quizás estaría dormida. Me acerqué haciendo el menor ruido posible.  Su cara estaba tapada por una hermosa melena enrulada color caoba, su cuerpo era el de una niña de seis años. Era muy probable que se hubiera perdido tras adentrarse en el bosque y cuando llegó a ese claro alejado se hubiera rendido. Tenía suerte de que la haya encontrado en una de mis caminatas matutinas.
Cuando me agaché, percibí como los músculos de la niña se tensaban, me había escuchado.
-No tienes nada que temer, no quiero lastimarte. ¿Estás perdida?
No respondió, permaneció quieta, a la espera de que yo decidiera alejarme. Pero yo no podía dejarla sola allí, indefensa.
-No quiero lastimarte, me llamo Olivia. Si quieres puedes venir a mi casa, te ayudaré a buscar a tus papás, lo prometo- le dije sonriendo.
-Déjame en paz- Sollozó la niña con desesperación.
-Es que no puedo dejarte sola aquí, déjame ayudarte, por favor.
La niña seguía tensa, no entendía por qué se negaba a recibir mi ayuda. Lentamente vi como levantaba su cabeza con toda su hermosa cabellera sobre su cara. No podía verle la cara, tenía puesto un vestido verde claro sin mangas que me dejó entrever su piel medio bronceada.
-Vamos, puedo ayudarte-sonreí intentando infundirle confianza. Como permaneció en esta posición por aproximadamente dos minutos decidí intentar sacarle los cabellos de la cara para poder ver a la niña. –Si tan solo…
No podía ser. Sus ojos, sus labios, sus cachetes… Tenía cara redonda, nariz mediana, labios esculpidos y unos hermosos y grandes ojos marrones que se escondían detrás de unas largas y estilizadas pestañas. Sonrió, fue una sonrisa tímida y con una terrible maldad escondida en ella. Clavó sus ojos en los míos al ver que comprendía que la conocía y sabía exactamente quién era.
Una vez dentro de su infinita mirada sabía que no había retorno, le pertenecía. Vagaría hasta la eternidad en esos ojos color marrón oscuro por siempre, reviviría mis más profundas pesadillas hasta mi último día de vida. Aterrorizada, me levanté gracias a mi mayor fuerza de voluntad pero en algún punto mis piernas fallaron. Sin dejar de mirar sus ojos sentí como todo a mi alrededor se tornaba borroso y perdía sentido. 

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