Esperaba a alguien y mientras tanto tenía la esperanza de
que nada se le pasara por alto. Una bandada de pájaros que revoloteaban en lo
alto, una hoja que atravesaba la calle al ritmo del viento a través de los
autos, la risa de algún niño. El día la aprisionaba con sus nubarrones gris
oscuro haciéndola sentir como si estuviera en una de esas pequeñas bolas de
nieve de juguete. El viento alborotaba
el pelo que había peinado con esmero para su encuentro. Una gran tormenta se avecinaba. Era verdad
que ella había llegado más temprano de lo acordado pero el tiempo pasó y él
estaba llegando media hora tarde. Comenzó a llover como si no hubiera en mañana
y no tuvo más remedio que resguardarse en el techo que sobresalía de un
quiosco, decidió esperar quince minutos más pero aun así, no apareció.
Totalmente herida y desconsolada dio media vuelta y se fue por donde había
vuelto.
Diez minutos más tarde un muchacho completamente empapado se
paró en el mismo lugar donde la muchacha se había parado instantes antes. Con
la respiración agitada recorrió con su mirada desesperadamente la calle. No
estaba en ningún lado, ¿acaso ya se había ido? Sabía el camino a su casa así
que corrió por una de las calles y en la distancia reconoció una campera azul.
Con la poca energía que le quedaba corrió tras ella por tres cuadras seguidas.
Cuando estuvo a su lado tomó su mano, ella se giró y sus ojos se encontraron en
medio de la tempestad.
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