Agarrándola de la mano hacía girar a la pobre e ingenua
joven. Disfrutaba cada movimiento, cada soplo de viento que acariciaba su cara
al girar. Confiando ciegamente cerraba los ojos para que así, el muchacho la
guiara por donde le pareciera más oportuno.
Giraba sin cesar, entregando su mundo, sus sueños y todos sus secretos.
Parecía un momento eterno casi perfecto hasta que repentinamente la mano la
soltó. Asustada, abrió los ojos buscando a su guía pero el chico había desaparecido.
No había rastros de él por ningún lado. Estaba perdida y ni siquiera sabía cuál
era la dirección que debía tomar para llegar a un lugar seguro.
Como si tuviera una brújula dentro de sí, una brújula que
funcionaba gracias al instinto, comenzó a caminar en la dirección que presentía
que debía ir. Al adentrarse en el camino tan sólo unos pasos se encontró
nuevamente con el mismo joven. Resentida y sin ánimos de caer nuevamente en la
misma trampa, siguió su camino. Pero él le regaló una sonrisa tan radiante, tan
compradora, que ella no pudo negarse cuando la tomó de la mano. Felizmente se
dejó llevar por la mano del muchacho y dejó que él la hiciera girar como si
nada importara. Otra vez ese sentimiento, esa paz recubierta de euforia, giraba
más rápido teniendo cuidado de no tropezar en el camino.
La mano se esfumó de entre las suyas, dejando a la muchacha
tan desorientada como la primera vez. Otra vez su brújula buscaba un camino, un
indicio, una corazonada. Escogió otro nuevo camino y comenzó de nuevo, esta
vez, dispuesta a no distraerse. Pero otra vez su brújula se veía desconcertada
y despistada por la sonrisa del muchacho. Caía una y otra vez en la trampa de
miradas y falsa felicidad. Lo seguiría haciendo, repetidas veces. Daría vueltas
en círculos por tiempo indeterminado, llegando a donde comenzó, comenzando por
donde llegó.
Pero en algún momento y quien sabe cuándo, la joven soltará
su mano dejando despistada a la brújula de un infeliz chico sonriente.
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