Llevaba en mis manos nuestro último recuerdo, el más
agradable, el más doloroso. Era tan frágil como sólo un recuerdo puede serlo.
Lo cuidaba, lo alimentaba, trataba de hacer que crezca hasta que se convirtiera
en algo real, en algo del presente. Sin embargo, no lo hacía; se volvía más
inalcanzable y lejano aunque se encontraba en mi mano. Lo único que no cambiaba
de ese recuerdo era el brillo y la calidez que recibía cada vez que lo miraba.
Lo llevaba conmigo a donde sea que me dirigiera, como si
abandonarlo fuera lo último que haría en el mundo. Me atemorizaba tocarlo y que
estallara, desapareciendo para siempre. Lo atesoraba, lo adoraba, me deleitaba
con cada mirada que le echaba. Todo el cuidado y la atención que le di llevó al
trágico y predecible final. Con el tiempo había perdido tamaño y cuando lo toqué por última vez no fue necesario que
se estrellara contra algo para que se rompiese. Simplemente lo hizo,
desapareció. Tanto miedo había tenido a ese momento que cuando se rompió no
pude sentir nada, ni siquiera un vacío.
No existía más ese recuerdo en el que tanto tiempo había
invertido, lo único que quedaba de él era su brillo. Un brillo irreal que sólo
existía en mi mente, un brillo que no significaba absolutamente nada, sólo era
eso. Sin embargo, el paso de los años borró el brillo y ese precioso recuerdo
se esfumó dejando paso a nuevos recuerdos.
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