En un micro que conducía hacia algún lugar se transportaban
alrededor de cuarenta mundos, todos al mismo tiempo. Y ahí estaba yo, con mi
ínfimo y pequeño mundito, pensando en los mundos de los demás. Era raro pensar
que en el mismo planeta, habían millones de realidades diferentes y yo contaba
con tan solo una. Me preguntaba en qué pensaría la señora que llevaba al bebé
en brazos. Cuál sería la historia de su vida, la del muchacho de rastas, la del
hombre de cuarenta que creía que tenía veinte, la de la anciana cuyos ojos parecían
cansados. Hubiera dado cualquier cosa por saber que pensaban o poder pensar
como ellos, ver con sus ojos. Tratar de crear sus historias en mi mente, no era
solamente complicado sino que también era frustrante y gastaba mis energías.
En fin, alrededor de cuarenta mundos se despedían de mí para
volver a encontrarse o quizás no, con el pequeño y despistado mundo que era mi
cabeza en ese momento.
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