El aire alborotaba sus cabellos, haciendo que estos se
movieran como látigos ciñéndose sobre su cara. Caía libremente, felizmente, sin
preocupaciones; devorando distancia en poquitísimo tiempo. El suelo podía estar
lejos o cerca, pero no le preocupaba, porque sabía que moriría así sea en el
trayecto o tocando el piso. Pocos se animaban a saltar el acantilado infinito
porque todos temían al final y temían también no encontrarlo. Pero ella no,
sabía que todo terminaba o al menos, debía hacerlo; es por eso que creía que
ella era capaz de encontrar el final del acantilado. Llevaba cayendo mucho
tiempo, se sentía como si estuviera a punto de encontrar el centro de la tierra
y aun así, nunca llegaba.
Entonces sucedió, un vuelco en su corazón, recordó el motivo
por el que había saltado. Un final que ansiaba pero no podía dárselo ella
misma, por eso saltó. Esperando olvidar, perdonar o reencontrarse a sí misma en
el final. Un recuerdo enterrado a kilómetros bajo tierra fue traído a la
superficie en el tiempo que cuesta chasquear los dedos. Sus lágrimas flotaron,
perdiéndose en el aire. Algo dentro suyo se rompió, claro que no fue su
corazón. Fue ella, entera, todo su interior estaba roto; sus creencias, sus sueños, sus esperanzas,
sus miedos, se partió en dos. Se despidió de su mundo en un suspiro a cinco
segundos de tocar el suelo.
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